viernes, 2 de mayo de 2014

jueves, 15 de agosto de 2013

Mediodía de balas y verdades a medias

Artículo publicado en La Voz del Interior el 15/08/2013.

El taxi giró bruscamente e improvisó una ruta alternativa. La avenida Tahrir parecía desolada, pero al llegar al puente que la separa de la célebre plaza, un cordón de tanques miliares y alambres de púa anunciaban lo que muchos habían presagiado: Apenas acabadas las festividades religiosas de Eid el-Ftir, el Ejército desalojaría las acampadas pro-Mursi.

Fue entonces que comenzaron las llamadas telefónicas de colegas y amigos egipcios, alarmados por la situación: “No te quedes en la calle, no es seguro”, insistían. Armados, los protestantes se habían dispersado por el barrio de Mohandesin y comenzaban a enfrentarse a la policía. Los cairotas abandonaban apresuradamente las calles, mientras barricadas improvisadas de cemento  alteraban el perfil de una de las zonas más enérgicas de la capital egipcia.


Mientras subo las escaleras de un edificio decrépito a pocas cuadras de la plaza Mustafa Mahmoud, los balazos insisten en extender la angustia que comienza a adueñarse de la calle. Una vez llegada al quinto piso, comienzan a sonar con mayor insistencia y cada vez más cerca. Desde la ventana se ven vecinos agrupándose y esbozando barricadas con estantes de carnicería, procurando que estos cercos eviten el ingreso de los manifestantes.

De repente, un grupo de hombres comienza a correr hacia la esquina. Regresan formando un círculo lento y doloroso, cargando a un hombre con herida de bala en el hombro. Nadie sabe quién le disparó; parece una guerra contra un enemigo sin rostro. Lo colocan en un auto y se pierden hacia el centro de la ciudad, pero en la calle aún se escuchan disparos.

A pocos metros de distancia, una nube de humo negra comienza a ascender desde el ingreso de un edificio de venta de armas. Algunos jóvenes comienzan a correr cargando bombas molotov en la mano, mientras otros buscan desesperadamente extintores para detener el fuego. “Cuando el propietario se negó a dejarlos entrar, comenzaron a disparar y quemaron su negocio con molotov”, cuenta Karim El-Behery, propietario de una carnicería adyacente.

Según relató el comerciante, los protestantes habían llegado desde las acampadas de Rabaa  Al-Adaweya e intentaban obtener armas del negocio, hasta que se toparon con la resistencia del propietario. “Primero les pedimos que se fueran, pero una vez que comenzaron los disparos el propietario también respondió con tiros”, dijo. Cuatro personas resultaron heridas en pocas horas, sólo en una calle.

Ni la policía ni el ejército se hicieron presentes en esta intersección, pero el proprio Ministro del Interior anunció en conferencia de prensa que hubo 149 muertos, número muy distante de los más de más de 2.000 que estimaron en principio los Hermanos Musulmanes, aunque finalmente rebajaron el cálculo a varios cientos. Al caer la noche, algunas versiones cifraban en cerca de 300 las víctimas fatales. Si algo está en juego en esta batalla, es la construcción de la verdad. 

Son las 11 de la noche y algunos disparos de a ratos se hacen sentir. El toque de queda envuelve en silencio a una ciudad que nunca duerme, pero dado que los protestantes ya están acampando en otras zonas, muchos dudan que sobreviva la noche.

lunes, 29 de julio de 2013

Postales de Ramadan - Parte 2

Las publicidades son un gran instrumento a la hora de ilustrar la atmósfera que hilo a hilo teje una sociedad con su historia, sus símbolos y su melodía. Y Ramadán es un momento en el que se reúne la familia y emerge todo aquello que constituye el ideal social: valores de comunión, de caridad... con sus matices y colores, valores muy similares aquellos que festejamos en navidad.

El momento más importante del Ramadán es el Iftar (el desayuno), cerca del atardecer, cuando suena la última de las 5 llamadas a la plegaria (llamada Magreb) y se rompe el ayuno. Es mi momento preferido para caminar por Cairo: No hay absolutamente nadie en las calles, no hay bocinas, e incluso los negocios, bares y todo tipo de establecimiento cierran sus puertas: todos vuelven más temprano del trabajo a su casa. Estas publicidades reflejan la atmósfera que reina, o al menos aquello que la publicidad comercializa como ideal.


Los únicos que no lo hacen, aquellos que trabajan en el supermercado o en negocios de comida al paso, se los ve con sus uniformes, parados en la esquina o sentados en el café más cercano, comiendo el Iftar que les preparó su vecino para después volver a trabajar. 

Saiendo a caminar también se puede ver a los comedores populares, que son famosos en El Cairo, en donde se ofrece el Iftar de manera gratuita a los pobres.

La segunda comida del día es el Suhur, que se come antes de la primera llamada a la plegaria (cerca de las 2am el último antes de iniciar el ayuno. Ahí es cuando se reúnen los amigos en cafés, restaurantes y bares en la calle a comer el típico desayuno egipcio: huevos revueltos, papas fritas, queso crema, mucho pan y mi plato preferido: ful (a base de porotos). Levantarse a la mañana siguiente después de estos platos asegura que el ayuno sea tolerable: son pesadísimos!

El momento más divertido es a las 3.30, cuando comienza a sonar la plegaria desde las mezquitas, y todos toman sus botellas de agua apurados, intentando ingerir la mayor cantidad posible en poco tiempo, porque por las siguientes 15 horas no van a poder tomar agua.



jueves, 11 de julio de 2013

Postales de Ramadan - Parte 1

Ayer fue el primer día de Ramadán, la festividad más importante del mundo musulmán. El Cairo olvidó por un momento la convulsión de los últimos días y decidió recubrir sus calles con un velo de silencio.
Quizá sea esta la única noche del año en que la ciudad que nunca duerme toma un respiro y a la hora del Iftar, cuando re rompe el ayuno, se vuelve ciudad fantasma.


Ramadán es un mes de ayuno y abstinencia, un momento para practicar el autocontrol y liberarse de todas las ataduras físicas y materiales. Un momento para aspirar a la pureza, podría decirse. ¿Pero puede este intento llevarse al extremo, hasta el punto de alejarnos del prójimo y alienarnos del contacto humano?

Las imágenes, los diálogos y los gestos que se intercambian por la calle por estos días ilustran algo más que un esfuerzo espiritual y se tornan elocuentes a la hora de describir los tabúes, los estigmas, y las restricciones que entran en juego en cada interacción con el sexo opuesto.

Una amiga caminaba ayer por la calle, vestida de pantalón y sin velo, cuando cruzó miradas con un hombre de mediana edad.

Él: "Perdoname, Dios mericordioso, por lo que acabo de ver".

Ella: "Si no le gusta lo que ve, pues no mire!"

Él:  "Estoy hablando con Dios, no con usted".

Por qué festejan en las calles egipcias

*Artículo publicado en La Voz del Interior el 5/07/2013.

La atmósfera era tan pesada que rozaba el límite de lo insoportable. Mi breve recorrido hacia el trabajo el domingo se había tornado una travesía lenta e interminable entre bocinas estridentes y taxistas barados, enfurecidos por la falta de gasoil. Las calles hervían de ánimos caldeados y, para peor, los cortes diarios de luz dejaban a la ciudad sin electricidad o agua que pudiera apaciguar el tedioso calor desértico. Ni el cadencioso llamado a la plegaria de las mezquitas abstraía a su gente de la rabia generalizada. El gobierno de Mohamed Morsi parecía estar haciendo una broma de mal gusto, en el momento menos indicado.

Como barrida por una ráfaga de viento, la atmósfera cambió radicalmente tres días después. En vez de gritos, la gente intercambiaba banderas de auto en auto, y las ubicuas bocinas reemplazaron su melodía febril por un festivo concierto de aliento. La gente, de todas las religiones, clases sociales y lineamientos políticos marchaba festejando hacia la plaza Tahrir, mientras helicópteros militares desperdigaban banderas egipcias desde lo alto. 

Eran millones. Desde caminonetas, en sillas de rueda, de traje y corbata, y hasta uniformados de policía marchando por las arterias que se enlazan en Tahrir. Más arriba, los edificios de cemento amarronado se teñían con los colores de la bandera, y en el pintoresco barrio de Mohandisin, algunas mujeres inauguraban la revolución del sillón en la vereda. Tenían todos en la mano un mismo elemento: la tarjeta roja, símbolo de la protesta y eslogan de una demanda simple y contundente: Irhal (que en árabe significa  "vete").

¿Qué pasó en aquel interín de tres días? Primero, la protesta masiva del 30 de junio, gestada durante semanas por la iniciativa juvenil Tamarod. Esta iniciativa logró cristalizar en una petición el agobio de 22 millones de egipcios que sienten que su revolución les ha sido secuestrada. 22 millones de personas que no se sienten representadas por un presidente que se ocupa de prohibir el ballet (por resaltar as formas femeninas) mientras desatiende las demandas populares de justicia social, democratización, y tolerancia religiosa. "Este no es mi país; Egipto nunca fue un país islámico. Egipto era el país en el que todas las religiones coexistían sin diferencia, el país el Islam moderado", dice Louay Nasser, un jóven fotógrafo de El Cairo.

Luego llegó la intervención de las Fuerzas Armadas. Tamarod había dado al ex presidente Morsi un plazo de 48 horas para renunciar, o iniciaría una campaña de desobediencia civil. Un día más tarde, el general Abdel Fattah Al-Sisi emitió un ultimatum instando a Morsi a atender las demandas populares, y fue allí que las calles desbordaron en festejos. "¿Que si me preocupa un gobierno militar? Cuando la alternativa es un gobierno islamista radical, las preocupaciones son otras", dice la joven empresaria Karine Kamel, mientras marcha alegremente hacia la plaza.

"Nosotros, que siempre estuvimos gobernados por militares, incluso Gamal Abdel Nasser, pensamos que la democracia era suficiente, pero ahora vemos que no", dice otra joven manifestante.

Es diferente el aire que respira hoy El Cairo. La paz en las calles no está aún garantizada, ni tampoco la breve transición democrática que promete el ejército. Pero para la gente la victoria es otra, porque entienden aquello que tan claramente expresó el periodista egipcio Bassem Yussef: "la democracia no es ganar, sino ser escuchados".




martes, 19 de marzo de 2013

Introspecciones en El Cairo


Avenida Tahrir, 12° piso. Me levanto temprano esta mañana y salgo al balcón a tomar café. El sol a estas horas extiende un manto tenue y difuso sobre una ciudad que todavía duerme en el letargo, apabullada por su noche frenética. Desde el edificio de enfrente un vecino abre la puerta de la terraza y, entre las miles de antenas polvorientas que se agolpan y dibujan la silueta aérea de El Cairo, aparece una gallina caminando de puntapié sobre la baranda y a su lado, una cabra. En pleno centro de la ciudad. 


Y entonces ella despierta, despierta en un sobresalto, al compás de miles de bocinas y conductores que se agolpan entre sí, al compás de gritos que irradian los altoparlantes de vendedores ambulantes, y de una plegaria que reverbera con su eco el llamado de miles de mezquitas desperdigadas por la urbe. La fauna de El Cairo es única. Y su gente también.

Una vez que despierta, la ciudad toma las riendas de una carroza delirante que arrasa y arrastra todo aquello que encuentra a su camino. Es una fuerza avasallante, que a fuerza de estímulos caleidoscópicos te aspira todas las energías en pocas horas. Me ocurre muchas veces que salgo a la mañana y camino sonriente por la calle, casi enamorada de la ciudad, para regresar a la tarde envuelta en una nube de furia, odiándola.

Empiezo entonces a preguntarme si todo esto vale la pena. Empiezan a aparecer también los miedos; el miedo a no encontrar trabajo, el miedo a equivocarme y perder lo que  ahorré con esfuerzo en este tiempo, el miedo a perder el eje y arruinar mi carrera, el miedo a la soledad. Pero en realidad sé que sola no estoy nunca; la vida me ha demostrado una y mil veces que nada en la vida pasa por casualidad, y he encontrado –en sólo un mes- personas increíbles que me abrieron los ojos y me dieron la palabra justa en el momento justo.

Una de ellas es Figan. Nos conocimos en una casa provisoria que alquilé los primeros días del mes. Secretamente la llamaba Morticia Adams, porque vagaba siempre por la casa con un lánguido vestido negro, pelo lacio y oscuro enmarcando su cara, y una expresión seria e impenetrable. Es turco-americana y tendrá unos 40 años, pero al escucharla hablar, no los aparenta. Excéntrica, olvidadiza hasta más no poder, y ocurrente. Se dedica a hacer una técnica de masajes terapéuticos a través de meditación, y viaja por el mundo buscando clientes. Cada dos días cambia de idea y elige otro destino como próxima parada. Y yo, hasta ayer, no paraba de reír de su locura, de su actitud de no-me-importa-nada, de su extraño acento americano, de sus comentarios sin sentido. Fue una sorpresa de persona.

Hablando de sueños, objetivos e ideales, le contaba a Figen porqué estoy acá. En definitiva, la razón por la que todos los extranjeros volvemos irremediablemente a El Cairo: nos encontramos encantados, casi obnubilados por la espiritualidad que transmite cada partícula de aire, por la solidaridad que transmite el mínimo gesto, y por ese trato con el prójimo que nos deja boca abierta y queriendo más. Le contaba también mi búsqueda personal, aquella de vivir mis ideales en carne propia, aquella de aprender a ver el mundo con otros ojos, despojados de prejuicios.

Pero Figen me hizo una pregunta muy simple que detuvo todo el círculo de pensamiento. "Y en todo esto, ¿Dónde está tu proceso creativo? ¿Qué estás aportando vos a todo ésto?

La pregunta se quedó en mi cabeza por varios días (a decir verdad, todavía sigue allí). A veces pienso que la vida del viajero es una vida "malcriada", que nos mal-acostumbramos a vivir tantos estímulos y emociones que muchas veces terminamos concentrándonos sólo en nuestro aprendizaje y perdemos de vista al "otro", no importa de quién se trate. ¿Es justo vivir sólo como un observador? ¿Vale la pena?






jueves, 14 de marzo de 2013

Merodeos después de un día agitado

3:30 de la madrugada en El Cairo. Las calles alrededor de la plaza Tahrir sembradas de piedras y escombros. Algunos policías controlan los cruces principales, las calles desiertas. Otra vez, hubo manifestaciones y enfrentamientos con la policía. Los murales, desteñidos por la noche ténebre, esperan el alba para gritar su lamento cotidiano. La plaza está cerrada por un cordón de piedras, y entonces nos pegamos la vuelta. 

Cruzando el puente, el Nilo refleja con celo los destellos de los grandes edificios vidriados. Qué hermosa sería esta ciudad, si las cosas fueran distintas.




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